Hacia… la frustración

To the Wonder

A juzgar por los suspiros a la media hora de película, el goteo de asientos que se levantaban en la sala y los comentarios sarcásticos a la salida, Terence Malick parece haberse perdido en “To the wonder”  (de nuevo) en un cúmulo de sensaciones indescifrables que forman una historia sin dirección, a ratos insoportable, que arrastra al espectador hacia no se sabe bien dónde.

El nuevo film del director de Ottawa da un giro tedioso en el preciso momento en el que uno se da cuenta cuenta de que lo que está viendo no es más que un ‘farol’ del cineasta con el que saciar su necesidad de añadir más y más  planos al metraje de “El Árbol de la vida”. Pero la secuela mantiene también el valor que la obra maestra de Malick ya tuvo, ser como la vida misma: confusa, desordenada, llena de sensaciones y sin un sentido aparente.

Olga Kurilenko

Es lo que transpira el personaje de Olga Kurylenko (Marina). Bohemia -parisina-, disfruta corriendo delante o detrás  del viento. Es en su espontaneidad, en su melancolía y en su hipersensibilidad donde cree tener la llave para conectar con lo que define como “el amor desde fuera”. Pero aun pese a un inmenso yo interior, su fragilidad lo empaña todo, hasta hacerla depender de la voluntad de su hija de 10 años, del anillo de matrimonio o de la maleta que le permitiría huir y empezar de nuevo en otro lugar. Vive con la ansiedad de saber que en cualquier momento toda su vida se puede venir abajo mientras ella, indefensa, no sería capaz de hacer nada para evitarlo.

Ver en pantalla al personaje de Ben Affleck (Neil), es aún más desesperante. Distante y perdido en algun lugar de su cabeza, necesita esfuerzos enorme para articular palabras. Se limita a reaccionar ante lo impredecible de su esposa, o de su amante. Sin iniciativa, muerto por dentro, absorbe lo que otros sienten, hasta apagar también a quienes le rodean.

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Y entonces está Bardem (el capellán Quintana). En su caso, lo que le limita es la vocación que una vez le empujó a renunciar a su propia vida. Sin el gozo que debería avivar el fuego de la fe que predica en el templo, se ha resignado a ser útil dándose a otros. Sabe que su trabajo no se completará nunca,  que siempre habrá más personas a las que escuchar, consolar y acompañar. Su mirada perdida después de oficiar una boda demuestra que la espiritualidad que anuncia a otros le ata a él. Se pregunta por qué el Dios al que sirve es tan difícil de encontrar. Aún así, las oraciones que salen de su mente doctrinalmente lúcida le mantienen en marcha, saciando necesidades para seguir sindo una bendición para la comunidad. Pese a estar en su caja religiosa (privado de amistades significativas, de una esposa, de descendencia), el clérigo acaba siendo el personaje que Malick sitúa más cerca de comprender el significado de la luz que se cuela por las numerosas ventanas que hilan la historia.

Es la misma luz que ilumina los increíbles horizontes de los prados que los protagonistas visitan constantemente. Corriendo, conduciendo, bailando, jugando… Cuando salen fuera a encontrarse con la luz directa es cuando parecen estar más cerca de conectar con eso sobrenatural que buscan. Pero queda claro, en los majestuosos planos de “To the wonder”, que la inmensidad del cielo es inabarcable para los protagonistas, pequeños y limitados, que tienen sólo un poco más de conciencia que los caballos y los búfalos que observan con asombro. Si bien estos, los humanos, intuyen que hay algo más, no dejan ser ser igualmente incapaces de conectar con las respuestas. Lo describe el capellán Quintana, tras escuchar las historias personales que le cuentan sus feligreses: “Sedientos… Tenemos sed”, confiesa.

Es esa sed la que provoca la frustración de los protagonistas, la frustración de Malick, y al final también, la frustración del espectador.

‘País top’, país pobre

"No he dormido mucho, no me hagan muchas preguntas". Rajoy, al salir de la cumbre. AFP

“No he dormido mucho, no me hagan muchas preguntas”. Rajoy, al salir de la cumbre. AFP

De la gran cumbre de presidentes de hoy viernes, salían los líderes de los estados europeos con un acuerdo que se ha peleado por meses. Al fin, a las 6:30 de la mañana, había comunicación a los Medios. Se había acordado ni más ni menos que el presupuesto de la Unión Europea para los próximos 7 años. En total, 90.600 millones de Euros, una cifra imposible de imaginar. Cómo repartir todo ese dinero entre 27 países, esa era la cuestión.

Publicado el resultado, había líderes quejosos, otros medianamente contentos… y Rajoy. “Es un buen acuerdo”, argumentaba el presidente del gobierno español, muy satisfecho, y explicaba la razón: “seguiremos siendo beneficiarios netos, incluso mejoramos respecto al periodo anterior”.

En otras palabras, de estos días en Bruselas, Rajoy quería conseguir como fuera que España siguiera siendo considerado un país del bando débil, de los que no estan en condiciones de ayudar mucho, más bien al contrario. Con esa etiqueta entró en la UE en 1986, lo cual es lógico (pocos países se plantean entrar en la UE si no es para mejorar económicamente y acercarse a los que están dentro). Pero la cuestión es que, tras más de veinte años en el ‘club’, la estrategia no ha cambiado. Para España, el juego es mantenerse en el lado de los pobres el máximo tiempo posible. Hasta que sea inevitable cruzar la línea. Es en las ayudas económicas que se ha basado el hasta ahora tan laureado “europeísmo español”.

En octubre, los primeros planteamientos del presidente del Consejo Europeo, Herman Van Rompuy, sobre este presupuesto, eran considerados inaceptables desde aquí. De ese primer borrador se podía sacar la conclusión que para España había llegado el momento de hacerse mayor y asumir su lugar de país líder. En otras palabras,pagar por primera vez más de lo que recibía.

Tras meses de lucha a cara de perro, Rajoy consiguió esta madrugada irse a dormir tranquilo. Aunque por los pelos, España conseguía el “que me quede como estoy”, como lo definía el diario El País.

Siendo serios, la realidad es que de entre la casi treintena de países de la Unión Europea, España no es precisamente un país menor. Junto a Italia, aparece justo detrás de Alemania, el Reino Unido y Francia. España está en el ‘top five’, vamos. Y así lo entiende el gobierno, que cada vez que hay una cumbre de países líderes lanza a sus diplomáticos españoles a exigir una invitación. A veces Merkel y Hollande ( Sarlozy, antes) la han concedido, a veces no.

Por eso, en momentos como estos cobra sentido que los ciudadanos alemanes, británicos, franceses, y otros de toda la franja norte de Europa, tengan la sensación recurrente que algo en la forma de entender el concepto de “responsabilidad” en España no va bien. ¿Por qué exige este país formar parte del club de los grandes y en cambio cuando se trata de aportar dinero defienden con uñas y dientes que se les siga considerando un país “pobre” que, por tanto, no puede aportar al resto de Europa?

Hay algo en el comportamiento de España en la UE que da argumentos a la imagen generalizada de que en la cultura española se recurre demasiadas veces al “aprovecharme de todo lo que pueda llevarme” sin plantearse nunca qué es lo que uno puede ofrecer.

No es extraño, que “la picaresca” de sacar el máximo de una situación, aportando lo mínimo, (eso tan “español”, con ese aire católico) se acabe reflejando también en nuestra política internacional. De mientras, en otras partes, donde esta actitud producirúa vergüenza ajena, siguen pensando que España se identifica con Europa sólo por el rédito que le puede sacar, y no por el deseo de construir un proyecto político común.

“Un buen acuerdo”, dice Rajoy. Europa lo será, parece, mientras sigamos sacando más dinero del que aportamos.

[PD. Por cierto, el Parlamento Europeo, que no ha tenido nada que decir en esta negociación hasta ahora, tendrá, por primera vez, el derecho de vetar el presupuesto. De hecho, si nada cambia, lo hará, porque las 4 grandes agrupaciones europeas (formadas por los parlamentario votados directamente por los ciudadanos), ya han anunciado que rechazan el acuerdo, porque no ayudará a la recuperación económica. Es muy interesante que el Parlamento, que es quien tiene  la legitimidad delegada de los ciudadanos, (y donde el egoísmo de los países individuales queda sutituido por la obligatoriedad de hacer grandes acuerdos dentro de los grupos políticos trasnacionales) empiece, por fin, a recibir algo del poder real para el que  fue creado.]

“Crisis”

Estos cinco minutos parado a unos metros de la caja, en esta tienda tradicional de vinos, dan para fijarse en las botellas añejas en una estantería superior, clavada a la pared de ladrillo. Lucen una capa gruesa de polvo y las telarañas parecen sustentarlas allá arriba, como una red de seguridad. La cola avanza poco a poco, llevo la botella de vino blanco en las manos. Delante, un matrimonio hablan en voz baja. Ella se ha dejado algo que estaba en la lista, y vuelve para atrás a buscarlo. Él se queda con el carrito. Hay realmente mucha gente en la bodega. Cuando llegan a la caja, intercambian unas palabras con quien está cobrando (una señora de toda la vida, que debe ser la jefa aquí) y se desean feliz año nuevo. “Sí, tal como está la cosa, bastará con que el nuevo año, simplemente, llegue. No pedimos más”. “Sí… Aquí en el trabajo vamos aguantando”, dice, mientras va pasando botellas de cava, tónicas, cervezas de doble malta y licores. “Bueno eso es bueno, la cosa está muy mal, pero bueno, lo importante es que por lo menos nos queda la salud, ¿no?”. “Sí, dona, sí” replican del otro lado de la cinta. La pareja de golpe tiene un gesto grave, como afectado. “Pues nada, serán 135 Euros”. Charlan alguna cosa más, y la cajera les acompaña con la sonrisa hasta que salen a la calle con las botellas en un par de cajas de cartón. Se vuelve a mí: “El vino, ¿no?”.

Delante, en la mesa clavada con los 4 asientos, un chico y su amiga hablan con el acento mezclado de los que son de Girona ciudad pero han estudiado y trabajan en Barcelona. Pasan la hora de trayecto, en este Media Distancia, explicándose en qué cosas se han gastado el sueldo últimamente, o la extra de Navidad. Ella está encantada con una maleta muy chula que se ha comprado, para viajar en avión, de una tienda online que se ve que está de moda. Él no la conocía, pero ya la buscará en internet. En camibo, le explica entre risas “la pasta que me he dejado” para una regalo a un familiar, que parece que no tuvo mucho éxito. No parece molestarle mucho, pero le dolió al orgullo. Cuando llega el revisor, ninguno de los dos lleva billete, se han subido al tren sin comprarlos. “Hemos tenido un problema con la Visa”, improvisan sobre la marcha. El revisor no tiene inconveniente en sacarles un pasaje ahí mismo con su máquina, no les pondrá multa, es comprensible, a todo el mundo le puede pasar. Cuando el hombre sigue con su rutina y ya ha avanzado unos asientos más, ambos se miran, satisfechos. Y aprovechan para comentar la subida del precio del billete, 55 céntimos más desde el 1 de enero. Vaya estafa, en estos tiempos de crisis, es un abuso a los usuarios. Al rato, vuelven a temas de conversación relacionados con nuevos gadgets tecnológicos, cosas que aún no tienen y que no les molestaria tener. Al fondo, el revisor le echa una bronca sonora a un chaval que parece ser de algún país del este. Tampoco tiene billete. Lo oímos en todo el vagón. Dice el revisor que ya está harto, que siempre es lo mismo, que ya está bien de aprovecharse y subir sin pagar, que tiene dos opciones: pagar la multa o bajarse inmediatamente del tren.

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>>> (foto: J.Forster)

Visto en 2012

 

drive_stills_08Drive. Esto debe ser a lo que llaman un Instant Classic. De golpe, Gosling se hizo grande infractuando en un personaje parco de palabras pero sobrado de complejidad. A su lado, Carey Mulligan y todo el resto de los protagonistas aparecen profundos a los pocos minutos de presentarse en pantalla. La banda sonora ochentera es increíble y hace fluir una colección de planos  preciosistas. Suave, suave, el ritmo del film da tiempo de saborearlo todo. De esa película quedarán la perturbadora sucesión de ternura y violencia, las cámaras lentas y una canción, “Hero”. [Un clip]

 

josh garrelsJosh Garrels. El cantautoor crea ambientes totalmente distintos según la fábula que cuenta. Una voz muy cercana al micro, grave pero con mucho registro, y melodías nada facilonas que sin embargo aún siendo complejas se pegan fácilmente. “White Owl” (de “Love & War & The Sea in Between”) eleva enseguida y uno se deja llevar hasta al final con una progresión sobre una arpegiado que te lleva hacia un lugar en el que se ha cuidado todos los detalles. Su manifesto, “The resistance”. [En Spotify]

 

phantogram2Phantogram. El dúo de New York se acompaña de esa madurez que va más allá del aspecto hype. Saben hacer música, y a partir de allí aplican todas las herramientas al alcance, no al revés. Destaca la producción soberbia que envuelve la voz especial de Sarah Bathrel. A diferencia de lo que el título del EP “Nightlife” pueda dar a entender, el disco no invita tanto a salir a bailar (aunque para nada faltan beats) sino más bien a encerrarse en una habitación con unos buenos auriculares y un té.  “Don’t move” es una delicia. [En Spotify]

 

skrillexSkrillex. Lo de este chaval bajito, con gafas de pasta, tímido y con estética ‘emo’ es bastante curioso. Desde su interior (y su ordenador) saca un sonido durísimo, cargado a la vez de adrenalina positiva. Los tracks son estridentes y metálicos, construidos para destacar lo rítmico por encima de todo el resto. Los loops cortan voces, sonidos, ecos y los convierten en detalles que rellenan cada compás de forma diferente, haciendo su música interesante incluso para gente sin ningún tipo de cultura ‘clubber’. [en Spotify]

 

jot DownJot Down. Una revista online completamente en b/n que apuesta por los textos largos. ¿Dónde se ha visto eso? (Pues, más de lo que se pueda pensar, otras muchas, como Suburbios van en la misma línea contracorriente). El olor clásico de Jot Down encanta por su aspecto cincuentero, pero convence sobre todo porque los que escriben y fotografían recuerdan a lo mejor de la cultura de revistas americanas de esa época pasada a la que evocan. Algo de nuevo periodismo, buena fotografía y entrevistas de carácter (insisto, largas), como las de Quim Monzó, Jon Sistiaga o Esteban González-Pons. [El Facebook]

 

Barricadas y Sentidos

Imatge

El 25 de diciembre es un buen día para estrenar una superproducción, desde el punto de vista comercial. Pero  tratándose de una historia como la de Victor Hugo, el día de Navidad es ideal, también, para re-descubrir un relato con fondo. Tras verla casi involuntariamente en el día de su estreno, aquí van algunas ideas por las que creo que vale la pena ver “Los Miserables” en su versión “melodramática” (muy acorde con el feel del 2012 que termina).

Épica. Los colores vivos, las multitudes que se suman, las banderas de tejidos densos. Las melodías y la orquesta, los silencios y el vuelo de la cámara. La belleza de los gestos, las aguas negras, los vestidos de época, lo exagerado de lo despreciable. Todo rema en la misma dirección, y sólo se frena de vez en cuando en un “pause” para formar algún óleo de grandes dimensiones. Hooper, el director, tenía la receta: unir la emoción de un  musical, la grandilocuencia del cine y la profundidad de un clásico literario. Más la varita mágica: un buen presupuesto.

Imatge

Casting. La interpretación de la mayoría de los protagonistas es muy destacable. Unos maquillan su registro vocal limitado con su sola presencia (Russell Crowe o Hugh Jackman), o tiran de sobras con su gracia natural, como Sacha Baron Cohen (un puntazo meterle en una historia como esta) y Helena Bonham. Las voces de Amanda Seyfried, Eddie Redmayne y Samantha Barks (a la que han traído del reparto original del musical) devuelven la atención a la pantalla en seguida, en los momentos en los que el guión decae un poco. También los pequeños emocionan: tanto Daniel Huddlestone como Isabel Allen debutan en la gran pantalla, vaya presentación para iniciar su carreras artísticas, así todo será más fácil.

Y capítulo aparte para Anne Hathaway, que sorprende a quienes pensábamos que suele decepcionar. Su participación es contundente. Sobre todo en su escena clave, con un primer plano larguísimo en el que interpreta la melodía más famosa de la obra. Es emocionante como explica su vida, entre lágrimas, alternando momentos de esperanza y dolor desgarrado. Todo en una sola escena sin cortes. [*ya podemos olvidar, pues, el personaje plano de la película del murciélago negro].

Imatge

Revolución. La película nos recuerda que lo que nos liga a una patria son las personas distintas que se unen para formarla. A cualquiera que en el momento de ver el film esté en alguna fase de especial sensibilidad identitaria  (probablemente, no la francesa), se le hinchará el corazón por momentos con esa bandera roja, y se identificará con la pregunta de los jóvenes revolucionarios, tan política y tan actual: “Estará el pueblo detrás nuestro?”. El contrapunto es la otra revolución, la del amor platoniano. Aparece con la misma virulencia emocional que el fervor nacional, y es igual de predecible. La vieja combinación de libertad (lo macro) e intimidad (lo micro) hila la narración, y le da ritmo.

Aunque al final… se trata de la “gracia”. La palabra puede pasar desapercibida para los que vean la versión española. Sobre todo, porque en el subtitulado al castellano el concepto ni siquiera aparece (se traduce por “amor”). Y eso que en la V.O. suena “grace” a menudo. Hay que buscarla en la lírica de los protagonistas, en el inglés.  De hecho, es el nudo que da sentido a todo el relato. Tanto Valjean como Javert tropiezan con la gracia. Al protagonista esta le sorprende llegando desde fuera y le transforma al instante. El antagonista, en cambio, la ve venir a lo lejos, y aun así no puede evitar tropezar en ella. Como adicto a la Ley, no está dispuesto a aceptar la humillación a su propia justicia y acaba aplastado por la misma gracia que le podría haber salvado.

Imatge

Somewhere beyond the barricade
Is there a world you long to see?

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Post-data. Importante saber mantener la calma cuando la gente alrededor empieza a toser nerviosamente al darse cuenta de que casi toda la película va con subtítulos.

No tiene mérito

 

  • No tiene mérito pasarte una vida repitiendo la misma idea, por miedo a perder el apoyo de quienes te vitorearon al principio.
  • No tiene mérito construir mensajes en clave interna para fortalecer la pared de tu burbuja ideológica.
  • No tiene mérito exigir que se te incluya en el debate para después limitarte a esperar tu turno de palabra.
  • No tiene mérito justificar el tono agrio de tus palabras desde un disfraz de víctima.

 

  • No tiene mérito seguir una agenda en la que no crees.
  • No tiene mérito aplaudir a personas que no consideras íntegras.
  • No tiene mérito preparar un discurso imaginando los aplausos de los que piensan como tú.
  • No tiene mérito romper relaciones con quienes, sospechas, podrían convencerte de que te equivocas.

 

  • No tiene mérito “predicar” en el espacio público y negarte a explicar tus argumentos en el tú a tú.
  • No tiene mérito usar palabras grandilocuentes que sabes que otros no entenderán.
  • No tiene mérito decir que siempre pensaste lo que ahora defiendes. Y que igual que entonces, ahora también tienes razón.
  • No tiene mérito hacer el análisis antes de consultar los datos.

 

No tiene mérito. Y sobre todo, no es honesto.

 

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