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Ingenieros

Cableado de tranvía y bus en Berna, Suiza. J. Forster @nosurprises

Cableado de tranvía y bus en Berna, Suiza. J. Forster @nosurprises

Llevo unas semanas maravillándome al descubrir cosas que siempre estuvieron allí pero que no valoraba o daba por sentadas. No me refiero a cosas como el cuidado incondicional de tus padres o lo increíble de estar vivo, sino  a realidades menos trascendentes: lo increíble de lo material que nos rodea. O ‘los materiales’ que nos rodean.

Por ejemplo, viajando por debajo la ciudad me pregunto: ¿Quién decidió la bifurcación de la vía del metro en esta estación secundaria? ¿Qué componentes se usan para montar esta placa lateral y quién debió patentar la fórmula? ¿Cómo se ha decidido dónde construir los parkings públicos en este barrio? ¿Qué líneas definieron este parque? ¿Cómo funcionará el cableado de electricidad que alimenta la iluminación de las farolas? ¿Qué sistema gestiona la interconexión entre los cajeros automáticos? ¿Qué calendario sigue la brigada de limpieza para que calles diferentes tengan un grado de limpieza similar, durante todo el año?

Ingenieros. La mayoría de las mentes pensantes que crean esta red inmensa tienen que ser ingenieros. Gente que hace que las cosas funcionen. Informáticos, arquitectos, químicos, diseñadores industriales, topógrafos… todos, de alguna forma, ingenieros.

Son algo así como los ‘antipolíticos’ de la ciudad, los ingenieros ejecutan formalmente lo que otros prometen. En la administración son los cargos silenciosos, los puestos intermedios que consiguen que los objetivos se cumplan. Personas que encuentran soluciones, y con ello se ganan el pan. Profesionales que no se pierden en la belleza intangible… Si algo es bonito bien, pero se diseña para que sirva para algo.

En la Universidad, estaban los que nos pasábamos el día filosofando, extasiados por las sensaciones y el debate de las ideologías. Y estaban, en otro extremo, los ingenieros: más concretos, más cínicos, menos emocionados por ir corriendo detrás de las nuevas tendencias. “Los de letras” les veíamos a ellos como un poco fríos. Estudiantes que anteponían lo útil a lo interesante. No tan ‘cool’.

Tomando un café, una amiga que es publicista me decía que tras unos 5 años cobrando relativamente bien en una agencia de RRPP, se estaba cansando. Que no quería seguir mucho más en esta dirección, invirtiendo la mayor parte de su tiempo en vender ilusiones. Que le apetecía trabajar en algo que tenga un impacto real en las vidas de otros ciudadanos. Y añadía que admira a los investigadores, que se pasan horas encerrados en el laboratorio, a la vista de nadie, sin hacer ruido, que sólo publican algo 1 vez cada ‘x’ años. Pero que descubren cosas que tendrán un efecto positivo sobre un grupo concreto y real de personas, por muy reducido que sea.

Otro amigo, designer multimedia, escribía en esta línea también hace unos días. Pedía que “el design y el impacto que puede tener en la sociedad no sea algo meramente intelectual y que quede solo en clases teóricas de diseño. A nadie le interesa hablar por hablar, ni darle vueltas a las cosas porque sí”. Añadía que es necesario “ver cuál es la parte efectiva de las cosas” y  “salir de nuestras paredes, de diseños inviables, minimalistas y tendencias, para poder envolvernos y empaparnos de cultura de verdad. Así podemos saber cuáles son los verdaderos problemas a los que nos enfrentamos, y también los que de forma personal nos afectan a nosotros como parte de esta sociedad”.

Me impactan los dos minutos de reflexión del personaje que interpreta Stanley Tucci en “Margin Call”. En la escena, está sentado en los escalones de la entrada de su casa en un barrio residencial de los suburbios de Nueva York, horas después de haber sido despedido de su trabajo como ‘ingeniero bursátil’ (en realidad, la antítesis de lo que es un ingeniero). Explica a su interlocutor que antes de entrar en el mundo de las finanzas y dedicarse a hinchar números y especular con divisas, capital de empresas y bonos, había trabajado para el sector público, diseñando un puente: “Va de Dilles Bottom, Ohio, a Moundsville, West Virginia. Tiene una longitud de 912 pies sobre el río Ohio. 12.100 personas lo usan cada día. Eliminó 35 millas de viaje extra en ambas direcciones, para ir de Wheeling a New Martinsville. Eso es un combinado de 847.000 millas de conducción al día, 25.410.000 millas al mes y 304.920.000 millas ahorradas en un año. Completé el proyecto en 1986… hace 22 años. A lo largo de la vida de aquel puente, eso son 6.780.240.000 de millas que no se han tenido que recorrer. A unas 50 millas por hora, son 134.164.800 horas, o 559.020 días… Así que ese pequeño puente les ha ahorrado a las personas de esas dos comunidades un combinado de 1.531 años de sus vidas que no se han malgastado en un maldito coche…”.

¿Sirve de algo escribir estas líneas o los cientos de posts/artículos que la mayoría de licenciados en Periodismo yan han escrito cuando se acercan a los 30 años? Es una pregunta legítima. Sin necesidad de deprimirse, vale la pena plantearse la cuestión.

¿Qué efecto real, visible, medible, tiene lo que hago? En el caso del periodismo, la respuesta casi siempre será: “No lo podemos saber”. Especialmente ahora, en un contexto online, la única medida que tenemos son las estadísticas de un blog o una web de noticias (que varían mucho), y el muy excitante pero poco interpretable índice de repercusión de las redes sociales.

En la Facultad soñábamos con comernos el mundo explicando nuestras opiniones a todo el que quisiera escucharnos. Tratábamos de replicar el ruido de otros comunicadores que, creíamos, realmente hacían una diferencia sobre la realidad, y a la vez tratábamos de crearnos una personalidad propia (un “estilo”). Pero al cabo del día, más allá de lo vanidoso de los halagos y de la aprobación de los “me gusta” y los “retweets”, ¿qué impacto real queda de las publicaciones de un periodista? A veces, por no conseguir, ni siquiera consigue satisfacer el ego de quien escribe, que sería lo mínimo.

Ingenieros. Ahí se ve, por todos lados, el producto de su trabajo, visible y comprobable. A lo mejor no les falta tanta razón cuando de vez en cuando, en medio de algún momento que otros consideraríamos de placer sublime (una exposición de arte contemporáneo, un concierto de música alternativa, un mítin ideológico) preguntan inocentemente a quien les queda más cerca: “Pero, esto… ¿sirve para algo?”.

Explotar las sensaciones

Probablemente sea uno de los espectáculos mejor montados del mundo. Una fábula para 180.000 personas que se describe como “un siguiente paso en la evolución de la conciencia”. Un “mundo místico entre sombras de asombro, donde los sueños se convirtieron en una realidad”.

Naturaleza exuberante, fuentes de agua, ‘barrios’ de tiendas de campaña, de bungalow o de comercios, barbacoas, decoración cuidadísima, colores excitantes, actores que recrean el mundo de “Alicia en el país de la maravillas”, banderas de todos los países (muchas de España), un collage de actividades simultáneas… y un gran escenario ante el que se mueve una masa de jóvenes adultos que buscan avanzar, ir más allá en su experiencia de lo extrasensorial.

La filosofía detrás de estos cuatro días de locura se muestran en la ‘aftermovie’ que resume el evento, siempre muy esperada. Se publicó en septiembre (coincidiendo con la vuelta al trabajo y la rutina), y tiene ya unos 20 millones de vistas. Conceptos como “I love my life”, “Fuck off reality”, “Never stop exploring” o“Eat, sleep, rave, repeat” resumen algunas de las expectativas de los asistentes.

Sólo la grabación de las imágenes para producir el vídeo de arriba cuesta miles de euros. El presupuesto del sueño incluye también la contratación de los mayores productores de música electrónica del mundo (Guetta, Van Buuren, Avicii, Tiësto, Cox, Aoki…), fuegos artificiales constantes, medidas de seguridad inmensas, juegos de luces, espacios VIP, acuerdos con aerolíneas y detalles de derroche como el champán que se vierte desde el escenario.

El coste de entrar en el país de nunca jamás es de 198,50 Euros. Para la edición 2013, los codazos en internet por completar el aforo duraron 35 minutos. Para el próximo verano, se promete un “todavía más difícil” ya que llega el décimo aniversario.

Estos son los datos básicos, y sobre todo, las imágenes, de uno de esos proyectos que asombran. La pregunta que queda, sin embargo, es la misma que muchos se han hecho antes que nuestra generación. En medio del momento más explosivo de una experiencia extrasensorial como esta… ¿conseguiré captar de alguna forma algo más de lo que podría ser el sentido real de mi existencia?

Hip, Hip, ‘Hipster’!

Ser hipsters... a mayo de 2013, en Barcelona. (PlaygroundMag)

Ser hipsters… a mayo de 2013, en Barcelona. (PlaygroundMag)

Ya casi pasado el Primavera Sound, hemos visto lo ‘hipster’ cubrir Barcelona (léase el metro y los medios de comunicación) con mucha más clase que la camiseta blaugrana del Colón. Si Barcelona ya era moderna, estos días más de un ‘hipster’ auténtico habrá pensado en dejar esta etapa atrás, al observar cómo su estilo de vida se ha convertido definitivamente en algo totalmente ‘mainstream’.

La mitad de los europeos alternativos (culturalmente hablando, no hablamos de política) están estos días bebiendo Heineken’s en la capital catalana, mirando con sus gafas de sol en direccón a los nubarrones, al salir del hostal en Clot-Aragó en el que han dejado la maleta con 2 de sus 3  mudas (la negra para hoy, el  estampado de flores ayer y lo rojo claro chillón mañana).

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Asistentes al Primavera Sound. PlaygroundMag

Cuando apareció el concepto, ser ‘hipster’ era vivir en los años 40 y que te gustara el Jazz. No el jazz clásico, claro, sino el moderno, ya se sabe, free-jazz y esas cosas. Pero ahora, la palabra se ha cargado con bastante más significado, pide más a los aspirantes. Ya que ser hipster es, ojo, “una subcultura de personas de entre los 20 y 30 años. De pensamiento independiente, protagonistas de la contra-cultura, la política progresista, amantes del arte y el indie-rock, la creatividad, la inteligencia y las bromas ingeniosas. Las mayores concentraciones de ‘hipsters’ se encuentran en centros cosmopolitas como Nueva York, Chicago y San Francisco. Se consideran rebeldes, rechazan las actitudes culturalmente ignorantes de los consumidores en general, y suelen a menudo ser vistos en tiendas de segunda mano, con pantalones vaqueros ajustados, zapatillas de deporte de la vieja escuela, y gafas de montura gruesa, si las llevan. Tienen pinta de estilistas creativos en salones urbanos. Tienden a ser bien educados”, todo esto, según Eduardo López Alonso.

Menudo trabajo, cumplir los nuevos parámetros. En lo musical, significa pasar horas en internet rastreando blogs indies que recomiendan links a listas de reproducción de ‘grupos promesa’ (aquí entraría cualquier estilo: post-rock, electropop, hardcore de pueblo, músicas del mundo). No es un hobby relajante, teniendo en cuenta que muy pocos lo pueden hacer como trabajo (sólo si eres redactor de Rockdelux o informador en España de Pichfork o medios parecidos). Los deberes hay que hacerlos en el tiempo libre. Una vez descubierto un hit que aún nadie conoce, de unos suecos muy bailables o una banda de argelinos, lo interesante es hacer correr la voz, pero no mucho.

Lo pop (ejemplo de hoy: One Direction en Madrid) debe ser reemplazado por música más seleccionada (elitista, criticarían algunos que no saben mucho), pero que siga siendo muy bailable, aunque no se oiga en las discotecas normales. Bloc Party, por ejemplo, eran para ‘hipsters’ hasta que “todo el mundo” se enteró de su música. Animal Collective fue sensación del 2009, saltaron a la “fama” con un trabajo bastante pop, así que quienes realmente les conocían enseguida recordaron que antes habían hecho música más oscura. El riesgo es claro: todo puede desvanecerse si se dice el nombre de un nuevo grupo islandés demasiado fuerte. El secreto del lifestyle ‘hipster’ está en compartir la información con sordina.

En cuanto a la apariencia (que sí parece muy importante, pese a la filosofía alternativa), ya todo el mundo sabe lo que es vestir ‘retro’, que al principio debía ser barato pero ya no (hasta la ropa de segunda mano parece que sube de precio… oferta-demanda, claro). Huir de las modas no sólo no es más barato, sino que puede ser frustrante. Hay pocas tiendas con ‘esos’ complementos especiales y se trataría de descubrirlas sin que otros te las pisen. El reto es vestir cada verano de una década diferente (cuál, lo dicen desde Nueva York o Camdem). Dependiendo de lo cerca del siglo XXI que quede la época seleccionada, podrán servir, según: faldas de la àvia, camisas de tu padre o camisetas de cuando tu hermano mayor tenía tu edad (esto servirá cuando llegue el revival e los 90s, que está al caer).

Cambio de escenario. PlaygroundMag.

En cuanto a la limitación de edad propuesta (20-30), la definición de arriba no parece muy clara. Por barrios tipo Born hay gente con mostachos retro muy conseguidos en sus cuarentas, y en la universidad (facultad: Periodismo) está la gente que lleva con más estilo los tejanos apretados de pitillo. Son los de Primer curso.

Para acabar habría que preguntarse qué significa exactamente ser ‘contra-cultura’ (¿se puede identificar a 2013 ‘una’ cultura dominante contra la que rebelarse?) y a la vez ‘subcultura’  (lo que se solía llamar tribu urbana).

Analizado todo ello muy superficialmente, sí queda clara una cosa. El nivel está muy alto. Se ‘hipster’ requiere ganas y bastante sacrificio. Aunque hay que matizar que los de ciudad (‘la ciudad’, léase: Barcelona) tienen algun gen que les facilita el camino (para los de pueblo, los intentos se quedan en ser ‘pijo’).

¿Pero el sacrificio realmente lo vale? Está bien tener estilo, hablar de tendencias de las que en tu barrio nunca han escuchado hablar o llevar la ropa que H&M pondrá de moda en 2015 (algún ‘coolhunter’ te fotografió paseando por La Rambla sin que te dieras cuenta).

El precio de ser alternativo es demasiado alto. Pero ahí está el quid para asegurarse de que lo ‘hype’ se mantenga en áreas reducidas.

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La cerveza. PlaygroundMag.

[Perdón por avanzado por lo ‘mainstream’ de este post.]

Hacia… la frustración

To the Wonder

A juzgar por los suspiros a la media hora de película, el goteo de asientos que se levantaban en la sala y los comentarios sarcásticos a la salida, Terence Malick parece haberse perdido en “To the wonder”  (de nuevo) en un cúmulo de sensaciones indescifrables que forman una historia sin dirección, a ratos insoportable, que arrastra al espectador hacia no se sabe bien dónde.

El nuevo film del director de Ottawa da un giro tedioso en el preciso momento en el que uno se da cuenta cuenta de que lo que está viendo no es más que un ‘farol’ del cineasta con el que saciar su necesidad de añadir más y más  planos al metraje de “El Árbol de la vida”. Pero la secuela mantiene también el valor que la obra maestra de Malick ya tuvo, ser como la vida misma: confusa, desordenada, llena de sensaciones y sin un sentido aparente.

Olga Kurilenko

Es lo que transpira el personaje de Olga Kurylenko (Marina). Bohemia -parisina-, disfruta corriendo delante o detrás  del viento. Es en su espontaneidad, en su melancolía y en su hipersensibilidad donde cree tener la llave para conectar con lo que define como “el amor desde fuera”. Pero aun pese a un inmenso yo interior, su fragilidad lo empaña todo, hasta hacerla depender de la voluntad de su hija de 10 años, del anillo de matrimonio o de la maleta que le permitiría huir y empezar de nuevo en otro lugar. Vive con la ansiedad de saber que en cualquier momento toda su vida se puede venir abajo mientras ella, indefensa, no sería capaz de hacer nada para evitarlo.

Ver en pantalla al personaje de Ben Affleck (Neil), es aún más desesperante. Distante y perdido en algun lugar de su cabeza, necesita esfuerzos enorme para articular palabras. Se limita a reaccionar ante lo impredecible de su esposa, o de su amante. Sin iniciativa, muerto por dentro, absorbe lo que otros sienten, hasta apagar también a quienes le rodean.

To-The-Wonder-1

Y entonces está Bardem (el capellán Quintana). En su caso, lo que le limita es la vocación que una vez le empujó a renunciar a su propia vida. Sin el gozo que debería avivar el fuego de la fe que predica en el templo, se ha resignado a ser útil dándose a otros. Sabe que su trabajo no se completará nunca,  que siempre habrá más personas a las que escuchar, consolar y acompañar. Su mirada perdida después de oficiar una boda demuestra que la espiritualidad que anuncia a otros le ata a él. Se pregunta por qué el Dios al que sirve es tan difícil de encontrar. Aún así, las oraciones que salen de su mente doctrinalmente lúcida le mantienen en marcha, saciando necesidades para seguir sindo una bendición para la comunidad. Pese a estar en su caja religiosa (privado de amistades significativas, de una esposa, de descendencia), el clérigo acaba siendo el personaje que Malick sitúa más cerca de comprender el significado de la luz que se cuela por las numerosas ventanas que hilan la historia.

Es la misma luz que ilumina los increíbles horizontes de los prados que los protagonistas visitan constantemente. Corriendo, conduciendo, bailando, jugando… Cuando salen fuera a encontrarse con la luz directa es cuando parecen estar más cerca de conectar con eso sobrenatural que buscan. Pero queda claro, en los majestuosos planos de “To the wonder”, que la inmensidad del cielo es inabarcable para los protagonistas, pequeños y limitados, que tienen sólo un poco más de conciencia que los caballos y los búfalos que observan con asombro. Si bien estos, los humanos, intuyen que hay algo más, no dejan ser ser igualmente incapaces de conectar con las respuestas. Lo describe el capellán Quintana, tras escuchar las historias personales que le cuentan sus feligreses: “Sedientos… Tenemos sed”, confiesa.

Es esa sed la que provoca la frustración de los protagonistas, la frustración de Malick, y al final también, la frustración del espectador.

Visto en 2012

 

drive_stills_08Drive. Esto debe ser a lo que llaman un Instant Classic. De golpe, Gosling se hizo grande infractuando en un personaje parco de palabras pero sobrado de complejidad. A su lado, Carey Mulligan y todo el resto de los protagonistas aparecen profundos a los pocos minutos de presentarse en pantalla. La banda sonora ochentera es increíble y hace fluir una colección de planos  preciosistas. Suave, suave, el ritmo del film da tiempo de saborearlo todo. De esa película quedarán la perturbadora sucesión de ternura y violencia, las cámaras lentas y una canción, “Hero”. [Un clip]

 

josh garrelsJosh Garrels. El cantautoor crea ambientes totalmente distintos según la fábula que cuenta. Una voz muy cercana al micro, grave pero con mucho registro, y melodías nada facilonas que sin embargo aún siendo complejas se pegan fácilmente. “White Owl” (de “Love & War & The Sea in Between”) eleva enseguida y uno se deja llevar hasta al final con una progresión sobre una arpegiado que te lleva hacia un lugar en el que se ha cuidado todos los detalles. Su manifesto, “The resistance”. [En Spotify]

 

phantogram2Phantogram. El dúo de New York se acompaña de esa madurez que va más allá del aspecto hype. Saben hacer música, y a partir de allí aplican todas las herramientas al alcance, no al revés. Destaca la producción soberbia que envuelve la voz especial de Sarah Bathrel. A diferencia de lo que el título del EP “Nightlife” pueda dar a entender, el disco no invita tanto a salir a bailar (aunque para nada faltan beats) sino más bien a encerrarse en una habitación con unos buenos auriculares y un té.  “Don’t move” es una delicia. [En Spotify]

 

skrillexSkrillex. Lo de este chaval bajito, con gafas de pasta, tímido y con estética ‘emo’ es bastante curioso. Desde su interior (y su ordenador) saca un sonido durísimo, cargado a la vez de adrenalina positiva. Los tracks son estridentes y metálicos, construidos para destacar lo rítmico por encima de todo el resto. Los loops cortan voces, sonidos, ecos y los convierten en detalles que rellenan cada compás de forma diferente, haciendo su música interesante incluso para gente sin ningún tipo de cultura ‘clubber’. [en Spotify]

 

jot DownJot Down. Una revista online completamente en b/n que apuesta por los textos largos. ¿Dónde se ha visto eso? (Pues, más de lo que se pueda pensar, otras muchas, como Suburbios van en la misma línea contracorriente). El olor clásico de Jot Down encanta por su aspecto cincuentero, pero convence sobre todo porque los que escriben y fotografían recuerdan a lo mejor de la cultura de revistas americanas de esa época pasada a la que evocan. Algo de nuevo periodismo, buena fotografía y entrevistas de carácter (insisto, largas), como las de Quim Monzó, Jon Sistiaga o Esteban González-Pons. [El Facebook]

 

Barricadas y Sentidos

Imatge

El 25 de diciembre es un buen día para estrenar una superproducción, desde el punto de vista comercial. Pero  tratándose de una historia como la de Victor Hugo, el día de Navidad es ideal, también, para re-descubrir un relato con fondo. Tras verla casi involuntariamente en el día de su estreno, aquí van algunas ideas por las que creo que vale la pena ver “Los Miserables” en su versión “melodramática” (muy acorde con el feel del 2012 que termina).

Épica. Los colores vivos, las multitudes que se suman, las banderas de tejidos densos. Las melodías y la orquesta, los silencios y el vuelo de la cámara. La belleza de los gestos, las aguas negras, los vestidos de época, lo exagerado de lo despreciable. Todo rema en la misma dirección, y sólo se frena de vez en cuando en un “pause” para formar algún óleo de grandes dimensiones. Hooper, el director, tenía la receta: unir la emoción de un  musical, la grandilocuencia del cine y la profundidad de un clásico literario. Más la varita mágica: un buen presupuesto.

Imatge

Casting. La interpretación de la mayoría de los protagonistas es muy destacable. Unos maquillan su registro vocal limitado con su sola presencia (Russell Crowe o Hugh Jackman), o tiran de sobras con su gracia natural, como Sacha Baron Cohen (un puntazo meterle en una historia como esta) y Helena Bonham. Las voces de Amanda Seyfried, Eddie Redmayne y Samantha Barks (a la que han traído del reparto original del musical) devuelven la atención a la pantalla en seguida, en los momentos en los que el guión decae un poco. También los pequeños emocionan: tanto Daniel Huddlestone como Isabel Allen debutan en la gran pantalla, vaya presentación para iniciar su carreras artísticas, así todo será más fácil.

Y capítulo aparte para Anne Hathaway, que sorprende a quienes pensábamos que suele decepcionar. Su participación es contundente. Sobre todo en su escena clave, con un primer plano larguísimo en el que interpreta la melodía más famosa de la obra. Es emocionante como explica su vida, entre lágrimas, alternando momentos de esperanza y dolor desgarrado. Todo en una sola escena sin cortes. [*ya podemos olvidar, pues, el personaje plano de la película del murciélago negro].

Imatge

Revolución. La película nos recuerda que lo que nos liga a una patria son las personas distintas que se unen para formarla. A cualquiera que en el momento de ver el film esté en alguna fase de especial sensibilidad identitaria  (probablemente, no la francesa), se le hinchará el corazón por momentos con esa bandera roja, y se identificará con la pregunta de los jóvenes revolucionarios, tan política y tan actual: “Estará el pueblo detrás nuestro?”. El contrapunto es la otra revolución, la del amor platoniano. Aparece con la misma virulencia emocional que el fervor nacional, y es igual de predecible. La vieja combinación de libertad (lo macro) e intimidad (lo micro) hila la narración, y le da ritmo.

Aunque al final… se trata de la “gracia”. La palabra puede pasar desapercibida para los que vean la versión española. Sobre todo, porque en el subtitulado al castellano el concepto ni siquiera aparece (se traduce por “amor”). Y eso que en la V.O. suena “grace” a menudo. Hay que buscarla en la lírica de los protagonistas, en el inglés.  De hecho, es el nudo que da sentido a todo el relato. Tanto Valjean como Javert tropiezan con la gracia. Al protagonista esta le sorprende llegando desde fuera y le transforma al instante. El antagonista, en cambio, la ve venir a lo lejos, y aun así no puede evitar tropezar en ella. Como adicto a la Ley, no está dispuesto a aceptar la humillación a su propia justicia y acaba aplastado por la misma gracia que le podría haber salvado.

Imatge

Somewhere beyond the barricade
Is there a world you long to see?

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Post-data. Importante saber mantener la calma cuando la gente alrededor empieza a toser nerviosamente al darse cuenta de que casi toda la película va con subtítulos.

Territorio hostil

Estoy sentado en unos asientos acolchados sin respaldo. La chica se ha apuntado los códigos de los 3 pares de zapatos que le he dicho (del tipo “10-2450”). “Déjame que me los apunte que si no no me acuerdo”. Coronel Tapioca son unos, siempre me hizo gracia la tienda de esta marca en la estación de trenes de Girona. Nunca entraba nadie allí, de hecho siempre estaba cerrada. Pero en las horas muertas esperando un bus o algo, hace muchos años, me acercaba a aquel escaparate gracioso para ver si entre esa ropa para ir de misionero a la selva había algo que una persona medianamente normal se podría comprar para lucir en la ciudad.

Éstas estan bien, pero necesito una talla menos. “Si tienes 5-8 minutos”, me dice la chica, muy amablemente, “te voy a buscar esa talla en un almacén que tenemos aquí en una calle al lado”. Le digo que bien, que gracias. No sé si sacar el móvil o mirar al suelo, la música disco me está atolondrando bastante. Me pican los ojos y veo en uno de esos espejos que hay en todos lados que los tengo rojos.

A los 10 minutos vuelve. Me pide perdón por la espera, le digo que no pasa nada, que gracias, y abre la caja con el 42. Pero son dos pies derechos. Se queda parada un momento, y se va a la zona de caja para expresarle su frustración a la jefa. La jefa pone cara de “què hi farem” y llama al almacén otra vez, que preparen un 42, izquierdo. Antes de salir, la vendedora me los enseña, como para que vea con mis propios ojos como han sido ellos los que se han equivocado. Me pide 15 minutos más. Porque de mientras tiene que atender a una clienta.

Yo me he sentado como ya en 3 lugares diferentes. El lugar tampoco no es tan grande. Va entrando y saliendo gente. En la zona de “Avance de temporada” hay unas botas de mujer forradas por dentro de piel de algun animal en peligro de extinción. Cojo un ejemplar (soy un cliente al que están haciendo esperar, tengo derecho a remover un poco) y toco la fibra esa, debe servir para hibernar, mínimo.

Ya llega mi caja, ahora sí. Tengo la nariz tapada, me lloran los ojos y estaba intentando jugar al “Angry Birds” en el móvil pero no me podía concentrar. Escribo algo sobre la frustración en el Facebook. Me he quedado sólo en la zapatería. La chica que ha hecho la carrera por mí me muestra, ahora sí, dos 42es. Cuando a uno de ellos se le salen 3 piezas de metal de los agujeritos donde pasan los cordones pienso por un momento en pretender que todo está ok y pagar la factura, para no humillar más a la pobre chica y sobre todo, para poder salir de allí por fin. Pero mi madre me enseñó que si compras algo tienes derecho a recibir un buen servicio. Asi que le comento a la chica, “mira, este pie tiene aquí estas piezas que se caen…” Ella lo mira, aguantando el tipo, y lo lleva a otro lado. Todo esto ya es un poco surreal.

Está saliendo al almacén, por tercera vez. Ha dicho a sus compañeras “yo me voy yendo”, como si despidiera hasta mañana. Llevo 45 minutos aquí dentro. La mestressa de la tienda, de cierta edad, me mira como pidiendo explicaciones, y yo siento la necesidad de excusarme: “Es que me gustan, si no ya habría cogido otro par de zapatos”. Otra dependiente sonríe un poco forzado. Que se acabe esto ya.

Por fin llega. La chica y yo parece que ya nos entendemos con la mirada. Esta vez se ha fijado de antemano que realmente esté todo en orden. Me da primero el izquierdo, para que lo pruebe bien. Espera. Y me da el derecho. Todo está perfecto. ¿Me puedo ir ya? Le digo que me los llevo puestos, no quiero cajas ni bolsas ni nada. Así que por fin me dejan pagar. Hace un rato sonaba por los altavoces “Euphoria” de Eurovisión.

Salgo a la calle cargando otra vez la mochila con el portátil y los libros. Tras caminar 150 metros, cerca de la Catedral, me siento un momento en un  bordillo para ajustarme los cordones. Sigo para Passeig de Gràcia. En el metro, de pie sobre mis Coronel Tapioca bien estables, me doy cuenta de que justo enfrente algo muy parecido a un ángel me acompaña unas paradas y se baja en Clot. Necesito una ensalada china. E irme a dormir.

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