“Crisis”

Estos cinco minutos parado a unos metros de la caja, en esta tienda tradicional de vinos, dan para fijarse en las botellas añejas en una estantería superior, clavada a la pared de ladrillo. Lucen una capa gruesa de polvo y las telarañas parecen sustentarlas allá arriba, como una red de seguridad. La cola avanza poco a poco, llevo la botella de vino blanco en las manos. Delante, un matrimonio hablan en voz baja. Ella se ha dejado algo que estaba en la lista, y vuelve para atrás a buscarlo. Él se queda con el carrito. Hay realmente mucha gente en la bodega. Cuando llegan a la caja, intercambian unas palabras con quien está cobrando (una señora de toda la vida, que debe ser la jefa aquí) y se desean feliz año nuevo. “Sí, tal como está la cosa, bastará con que el nuevo año, simplemente, llegue. No pedimos más”. “Sí… Aquí en el trabajo vamos aguantando”, dice, mientras va pasando botellas de cava, tónicas, cervezas de doble malta y licores. “Bueno eso es bueno, la cosa está muy mal, pero bueno, lo importante es que por lo menos nos queda la salud, ¿no?”. “Sí, dona, sí” replican del otro lado de la cinta. La pareja de golpe tiene un gesto grave, como afectado. “Pues nada, serán 135 Euros”. Charlan alguna cosa más, y la cajera les acompaña con la sonrisa hasta que salen a la calle con las botellas en un par de cajas de cartón. Se vuelve a mí: “El vino, ¿no?”.

Delante, en la mesa clavada con los 4 asientos, un chico y su amiga hablan con el acento mezclado de los que son de Girona ciudad pero han estudiado y trabajan en Barcelona. Pasan la hora de trayecto, en este Media Distancia, explicándose en qué cosas se han gastado el sueldo últimamente, o la extra de Navidad. Ella está encantada con una maleta muy chula que se ha comprado, para viajar en avión, de una tienda online que se ve que está de moda. Él no la conocía, pero ya la buscará en internet. En camibo, le explica entre risas “la pasta que me he dejado” para una regalo a un familiar, que parece que no tuvo mucho éxito. No parece molestarle mucho, pero le dolió al orgullo. Cuando llega el revisor, ninguno de los dos lleva billete, se han subido al tren sin comprarlos. “Hemos tenido un problema con la Visa”, improvisan sobre la marcha. El revisor no tiene inconveniente en sacarles un pasaje ahí mismo con su máquina, no les pondrá multa, es comprensible, a todo el mundo le puede pasar. Cuando el hombre sigue con su rutina y ya ha avanzado unos asientos más, ambos se miran, satisfechos. Y aprovechan para comentar la subida del precio del billete, 55 céntimos más desde el 1 de enero. Vaya estafa, en estos tiempos de crisis, es un abuso a los usuarios. Al rato, vuelven a temas de conversación relacionados con nuevos gadgets tecnológicos, cosas que aún no tienen y que no les molestaria tener. Al fondo, el revisor le echa una bronca sonora a un chaval que parece ser de algún país del este. Tampoco tiene billete. Lo oímos en todo el vagón. Dice el revisor que ya está harto, que siempre es lo mismo, que ya está bien de aprovecharse y subir sin pagar, que tiene dos opciones: pagar la multa o bajarse inmediatamente del tren.

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