Crítica como ‘divertimento’

Marco Rubio aguanta un chaparrón durante su entrevista con el comediante Jon Stewart.

Son todos ultraconservadores. Creen que son los únicos habitantes en el planeta Tierra. Las elecciones son un concurso de popularidad. Todo es show y poca esencia. La votantes son ignorantes. Dejan que la gente se muera por la calle. Los presidentes electos son estúpidos. Su ultrapatriotismo es exagerado. Ni si quieren saben situar a España en un mapa del mundo.

Son la críticas típicas a la política estadounidense. Varias tienen algo de cierto, especialmente la de los conocimientos de Geografía mundial.

Sin embargo, el volumen de información que levanta estos días la Convención Republicana (que ha dado el pistoletazo alos 100 metros lisos de la campaña electoral) da, entre otras cosas, para hacer un vistazo un poco más serio a la democracia del país al otro lado del Atlántico.

¿Qué diferencias hay entre la política española y la estadounidense? Aquí 4 observaciones captadas al vuelo tras observar (online) el ambiente político de los últimas semanas allí:

  1.  Los políticos de EEUU hablan, dan explicaciones. A diferencia de España, los políticos allí ni se plantean “castigar” a los periodistas pasando temporadas sin dar declaraciones.
  2. Los políticos no exigen un trato de favor. En el momento que un senador o gobernador pisa un plató de televisión lo hace esperando duras críticas a su gestión. Se esforzará por ofrecer argumentos sólidos que defiendan su trabajo ante un periodista desacomplejado que a suvez (a continuación viene la definición de lo que debería ser el periodismo:) plantea las preguntas que los ciudadanos se estan haciendo en sus casas. Nada de reservarse el derecho a no contestar, marcharse del plató o contraatacar al periodista protestando por “falta de objetividad de esta cadena”.
  3. Si un político se equivoca, aunque se trate de un malentendido, rectifica al instante. Da la cara, pide perdón y aguanta el chaparrón.
  4. Si un político miente descaradamente los propios medios de comunicación (e incluso sus compañeros de partido) presionarán para que dimita. No harán falta manifestaciones de ciudadanos enojados en la calle. (La excepción es si el que miente es el presidente del país, entonces sí cambia un poco este baremo).

Podríamos hablar también de otras diferencias. Como la disposición de los políticos norteamericanos a aparecer en programas de humor donde saben que pueden salir humillados (ayer por ejemplo la nueva promesa republicana Marco Rubio se atrevió con el Daily Show del ácido Jon Stewart), los esfuerzos por visitar pueblos insignificantes para hablar con la gente de a pie en un bar cualquiera y escuchar sus comentarios y críticas, u otro tipo de comportamientos maduros como estar dispuesto a hablar de su vida al margen de la política o tomarse la libertad de llevar la contraria al líder de partido (véase Ron Paul, Sarah Palin, Michelle Bachmann, etc… contra el nuevo líder republicano Mitt Romney).

En algunas cosas (no muchas) nuestro sistema político puede que sea mejor que el de EEUU. Pero en cuanto a la altura de nuestros representantes en el Congreso, en el Senado, en los Parlamentos regionales, nos separa un océano.

En España un presidente puede permitirse desaparecer por semanas y huír de los periodistas, que lo aceptarán sin rechistar. Un senador puede ser elegido sin ni siquiera dar una triste rueda de prensa durante la campaña. La mentira es vista como un gaje del oficio político, que incluso hay que aplaudir si se ha hecho con cierta intencionalidad: todo bien si se trataba de una “estrategia de amague que teníamos que hacer para el bien de todos”.

Aquí, ser un corrupto es un mal menor que no repercute en la intención de voto. Se ignora a los ciudadanos que se manifiestan por alguna causa justa y se pisa la calle sólo los segundos que se tarda en cruzar la puerta de la sede del partido y entrar en el coche oficial. Decir algo que no concuerda con la línea oficial del partido es considerado “traición” y se castiga con una desautorización pública la primera vez y con la expulsión, la segunda.

Y, ¿pedir disculpas? Eso es de débiles. En España bien sabemos que todos tenemos siempre razón. ¿Por qué iban a equivocarse (¡y pedir disculpas!) precisamente los políticos?

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