Wolfgang

Wolfgang Amadeus Mozart. La estrella pop europea en el siglo XVIII. El fichaje estrella del momento, el más escuchado en las salas de concierto. Como Lady Gaga, su música enganchaba a la primera, y su personalidad era, por lo menos, irreverente. Es el autor del fragmento que aún hoy se nos viene a la cabeza antes que cualquier otro, cuando alguien menciona la palabra ‘ópera’ (una soprano cantando “pi pi pi pi pi pi pi pi paaaa”).

Tocaba dos instrumentos (cavicémbalo y el violín) antes de los 10 años con tal virtuosismo que su padre recorrió ciudades como Munich, París, Londres y Zurich mostrando al pequeño Wolfgang en audiciones para nobles de aquí y allá. Al hacerse mayor, los músicos profesionales de su época se rindieron a la gran estrella del firmamento musical: J. Haydn opinaba que “no se verá un talento así en los próximos cien años”.

Hoy en día, entre su ‘merchandising’ estan sus propios bombones de chocolate, las Mozart Kugeln que Austria exporta al mundo con orgullo. Y un biopic que llenó las salas de cine en 1984, una obra maestra: Amadeus.

Pese a durar 3 horas, y ser filmada hace 25 años, Amadeus tiene un ritmo trepidante, gracias en parte a que lo más popular de las composiciones de Mozart acompaña la mayoría de escenas. Milos Forman (director del film) retrata al genio compositor sobre la base de su propia música, y a través de  los ojos de otr compositor italiano de la corte austríaca en aquellos momentos, Antonio Salieri. Dicen los historiadores que ambos llegaron a competir por algún puesto de alto standing en la escena musical vienesa, y que los dos fueron compositores muy respetados.

En ‘Amadeus’, sin embargo, se va mucho más allá de lo que los documentos explican, y se presenta a Salieri como un artista obsesionado con el éxito del joven Mozart. Salieri era entonces el maestro de capilla del emperador asutríaco, en Viena. Allí aparece con desparpajo el inocente Mozart, que pese a su inmadurez se gana la admiración de todos los nobles, sin más carta de presentación que su increíble talento. Llega, y arrasa. Toca y convence, imagina en su cabeza, y vierte partituras enteras sobre papel, obras que tendrán éxito al instante entre la exigente alta sociedad vienesa.

Así que con el tiempo, Wolfgang Amadeus se convierte en una superestrella. Juega en otra liga, así que todo se le permite, todo vale: sus formas poco adecuadas para la corte, su soberbia, y cualquier cambio que él pida, aunque sean revoluciones que hasta el momento ni se habrían planteado (como el escribir óperas en alemán, en lugar del italiano, o ambientar óperas en contextos modernos, en lugar de clásicos).

Ante el torbelino Mozart está Salieri, con más experiencia, con la disciplina de haber trabajado duro toda su vida. Recuerda los esfuerzos para llegar a donde ha llegado dentro de la corte, a base de sujeción al emperador y mucha paciencia. Y ve como un joven de 25 años del que todos hablan se gana a la alta sociedad vienesa sólo con un poco de desparpajo y el talento con el que nació.

A ello se añade que Mozart ni siquiera parece saber apreciar la atención que otros tanto desearían tener para sí. Encandila a todos los que le oyen, pero su vida ha sido así desde siempre pequeño, no le sorprende ser el centro de atención. Además, sufre el síndrome de quienes siempre han conseguido el éxito sin esforzarse demasiado. No conoce el trabajo sistemático que otros han tenido que aprender, y no ha aprendido a gestionar el dinero que recibe por su trabajo.

Mozart amarga la vida a Salieri (entre otros), y ni siquiera se da cuenta. El compositor italiano no puede competir con el mayor talento musical del siglo, que se ha colado en su terreno a comerse todo lo que él y otros han tardado años en construir. Ante la frustración y el sentimiento de injusticia, la envidia de Salieri se convierte en amargura, y la amargura pasa a ser odio. Mozart no se quiere dar cuenta de cómo ha trastornado la vida de los músicos a su alrededor. Y esto ayuda a que Salieri, atrapado por su victimismo, convierta en su obsesión el derribar a quien le ha robado la admiración que él se había ganado con mucho trabajo.

Es interesante este sentimiento. Ese sentimiento de “saber” que alguien no merece lo que tiene, y que quién lo merece realmente no lo tiene. El ver que otro ha conseguido sin esfuerzo lo que uno ha soñado toda la vida. El creer que la vida me ha negado lo único por lo que yo había estado trabajando duro. Y que encima, a otra persona eso mismo le ha tocado por casualidad, y no sabe valorarlo.

Y es interesante también como Salieri en ‘Amadeus’ dirijeeste clamor ante la  injusticia contra Dios (sea cual sea su definición de Dios). Le exije que le dé lo que le pertenece. Lo que merece. Mis derechos no pueden ser violados, he trabajado duro, merezco mi premio. “Haz justicia, aquí y ahora”.

Mozart murió con muchas deudas, apartado de la corte, y fue enterrado en una fosa común en un cementerio vienés. Salieri, por su parte, no vio cumplido su deseo de que su música permaneciera, y poco después de su muerte, sus composiciones dejaron de escucharse.

Uno tenía el talento, pero creyó que con ello le bastaba. El otro trabajó duro toda su vida, pero no consiguió su objetivo. Los dos se bastaron en sus propias fuerzas. Y ambos vieron cómo lo que eran (Mozart) o lo que habían hecho (Salieri) no fue suficiente para evitar el olor a fracaso, al final de sus vidas.

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