Análisis: “EEUU: donde la fe no incomoda a los políticos”


Barack Obama asegura que ora “cada noche a Jesús”. Hilary Clinton asiste a una iglesia metodista. Varios vídeos en youtube muestran a Mike Huckabee tocando el bajo en el grupo de alabanza de su iglesia. John McCain cree que “Estados Unidos es una nación cristiana”. Y así se podría pasar por casi cualquiera de los que han sido candidatos en las primarias de los partidos demócrata y republicano: la mayoría declaran abiertamente ser cristianos. Mientras, aquí en España sorprende que en Estados Unidos, política y fe no estén necesariamente enfrentadas, sino más bien todo lo contrario.
El caso más paradigmático es el actual presidente de EEUU. Muchas veces se ha hablado de George W. Bush, el “new born christian” (‘cristiano renacido’) más famoso del mundo. En muchos de sus discursos se ha referido directamente a Dios y ha popularizado -aún más si cabe- la sentencia: “God bless America”. Algo que le ha llevado, intencionadamente o no, a convertirse en la imagen más visible de los protestantes en el mundo, en ocasiones a disgusto de sus propios hermanos en la fe que no coinciden con sus ideas y actuaciones políticas.

EL “CASO BUSH”
De aquí que los medios de comunicación en países en que los evangélicos no suelen tener mucha repercusión social, hayan descubierto detrás de Bush una comunidad de creyentes interesante de sacar a la luz. Pero el asociar al actual presidente de EEUU con todo lo protestante (ignorando, dicho sea de paso, a otros muchos políticos protestantes de muy diferente signo político), ha llevado a que en España y otros países se haya pasado a utilizar los términos “fundamentalista” y “ultraconservador” como sinónimos de “evangélico”. Y esto ha provocado que los evangélicos españoles (e imaginamos que en otros países) se hayan visto tapados muchas veces por una ola de comparaciones -o directamente, asimilaciones- con las que no se sienten identificados.

SER VISIBLE
Pero mientras en Europa -y de forma especial, en España- lo más recomendable para un político es no hablar (demasiado) de sus convicciones religiosas, en Estados Unidos hay momentos en los que quienes han estado participando en la carrera por convertirse en candidato a presidente han dejado claro de forma intencionada que son cristianos comprometidos.

Y no sólo los republicanos. Pese a que se dice que los evangélicos se identifican más con los conservadores, también las caras más conocidas del Partido demócrata visitan iglesias cristianas, hablan con pastores evangélicos y obispos católicos, y apelan de vez en cuando a los valores cristianos. Un ejemplo de esto es el sermón de Barack Obama en una iglesia bautista, que se puede ver en el portal de internet Godtube.

Los aspirantes a la Casa Blanca no pasan por alto que los cristianos estadounidenses son una parte de la sociedad muy importante, de manera especial en los estados del sur del país. En el conocido por los medios como Bible Belt (“Cinturón de la Biblia”), la forma bibliocéntrica de comprender la vida se traslada a la política, e influye mucho en el voto.

Este enfoque contrasta con otros protestantes, los de los estados del norte. No tienen tanta fama como los del sur porque suelen ser más moderados en su discurso, y por tanto, salen menos en los medios de comunicación. Se diferencian por tener un voto más volátil, es decir, por desmarcarse más del partido republicano y dar más importancia a las políticas sociales o a la igualdad de derechos por encima de los valores conocidos como moral cristiana.

Así que hablar de fe en EEUU, se ve como un hecho normal que reconoce a una parte de la sociedad su peso específico, también trasladado a la política.

LO QUE CARACTERIZA A EEUU
Entonces, ¿cuál es la diferencia con Estados Unidos? Seguramente su historia. El país, desde su fundación en 1776, se ha basado en valores cristianos. La Constitución está teñida por éstos, y durante sus 230 años de historia, el componente cristiano nominal ha estado siempre presente.

A día de hoy, el país no tiene tantos remordimientos del pasado relacionados con el cristianismo como los hay en Europa, por ejemplo. Y más concretamente, no ha habido abusos de poder por parte de élites cristianas como las ha habido aquí. Es decir, no ha habido casos flagrantes en que los estamentos cristianos han atacado los derechos de los ciudadanos desde el poder político.

OBAMA Y HUCKABEE
En EEUU, pues, pese a que se impulsa la diferencia entre estado y religión, la fe de los candidatos es uno más de los aspectos que los estadounidenses quieren conocer a la hora de decidir su voto. Y dada la cantidad de ciudadanos que se consideran creyentes (practicantes o no), la profesión pública de fe incluso ha pasado a ser una de las bazas electorales más importantes de los políticos. No tanto para ganar votos como para no perderlos.

El ejemplo más claro de esto son las fotografías que han aparecido recientemente del aspirante demócrata Barack Obama, vestido con un turbante somalí en una visita a África. Quien fuera que las difundió, tenia la intención de avivar, una vez más, los bulos le relacionan con el Islam. Obama, que es hijo de un keniano musulmán, ha tenido que salir rápidamente a recordar que acude a su iglesia protestante siempre que puede, y que suele acabar el día orando a Dios.

Mike Huckabee, en cambio, ha recibido ataques desde el otro extremo. El hasta hace unos días competidor de John McCain en la lucha por la candidatura republicana, se ha defendido de las críticas de muchos medios por creer en la Biblia de forma literal. En uno de los debates televisados de la cadena CNN, incluso se le ha preguntado si personalmente creía en que el mundo fue creado por Dios tal como se describe en Génesis. Después de contestar que no consideraba que eso no tenía porque influir en su elección, explicó que sí, que creía en un Dios que “nos ama, nos conoce y nos creó por su propia voluntad”. Pero Huckabee, que había sido el pastor de una iglesia evangélica, ha dejado claro que no cree que los cristianos vayan a votarle por su fe. En una entrevista, hace unos meses, recalcó que creía que había sido elegido gobernador del estado de Arkansas por ser quién los ciudadanos consideraban que “podía hacer mejor el trabajo”, y que no le afectó en nada el hecho de ser cristiano. Y añadía: “no entiendo este problema con la participación de cristianos en política”.

Así que se puede hablar de fe y política. Y se puede debatir sobre ello, en los medios de comunicación, a favor o en contra. Todo ello en un escenario en que muchos de los personajes públicos de la reciente historia de EEUU han sido creyentes confesos, a los que se ha reconocido una aportación importante a la sociedad. Algunos reverendos, como Jesse Jackson con Bill Clinton, han sido consejeros espirituales de algún presidente. E incluso, algunos cristianos han pasado a ser denominados como héroes de la nación (ese concepto tan americano), como Martin Luther King.

Se puede llegar a la conclusión, pues, que lo cristiano en la vida pública de EEUU no da reparo a nadie al menos como prejuicio. Los evangélicos claramente comprometidos con su fe no son mayoría, pero se les conoce y son visibles. Se habla de ellos para bien y para mal, y cuentan con la ventaja de no tener la sensación de tener que pedir disculpas por un pasado oscuro que les trae remordimientos. Y todo ello lleva, seguramente, a que los propios políticos no tengan la necesidad de cambiar de tema cuando se les pregunta por su fe.

¿Y EN ESPAÑA?
La historia en España es diferente. La política, también. El porcentaje de creyentes protestantes es mucho más reducido. E incluso el de los católicos practicantes es bajo. Sería posible que aquí un político no se sienta incómodo cuando se le pregunta por su fe? El socialista José Bono y el nacionalista catalán Josep Antoni Duran Lleida han dicho varias veces que son cristianos. Pero en sus propios partidos ha habido una mayoría que les ha pedido que no levanten demasiado la voz en este tema. Que era mejor que guardaran su fe en el armario del terreno privado.

Se trata, pues, de dos modelos. Uno en que la política no se siente sucia si ha de hablar de fe. Y otro, en que la fe parece que aún lleva demasiados lastres históricos encima como para pasar a ser un tema más. En el modelo estadounidense actual se podría dar, en un caso extremo, el riesgo de confundir fe y política. En el español, demasiadas veces se prejuzgan y descartan ideas y valores que podrían ser muy útiles a la sociedad, por el sólo hecho de estar basados en la fe.

De hecho, para muchos evangélicos españoles, la relación entre protestantismo y la política americana no está ayudando a su imagen pública. Incluso los políticos protestantes “de aquí” que sí quieren que su fe y sus valores marquen una diferencia, ponen límites a sus creencias a la hora de hablar en público porque consideran que no es una base compartida con la mayoría de la sociedad… y de su partido.

Redacción: Joel Forster, ProtestanteDigital.com

Artículo publicado el 11 de marzo de 2008

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