Valentine, Ogden, Meynell, Dixon. Son algunos de los autores de los libros que se apilotonan sobre mi escritorio. Otra torre, casi enganchada, es la de films en dvd de segunda mano, como nuevos, que compré en Inglaterra. De los que tengo a vista, recomendaría sobre todo “There will be blood”.
Siguiendo más a la derecha, en el extremo de la esquina del escritorio, 5 piedras en diferentes shapes and sizes, las recojí en una playa de Sunderland en la que no había arena, sólo rocas verticales y una franja de espacio caminable que a ratos quedaba bajo el mar ‘negro’ que subía y bajaba con la marea.
En la otra esquina libre reposa mi bastón de relevos de atletismo, y amenazando con caer, la obra que Jamesey me regaló como despedida: un lienzo completamente circular con implantes de tapizado de flores manchadas con pintura de amarillos, verdes y naranjas, todos ellos fluorescentes.
Este escritorio es un trastero ahora, y de alguna forma me sabe mal que cosas que podrían lucir por sí solas estén desaprovechadas sobre una vieja mesa de madera. Cuando tenga el próximo piso temporal en el que vivir, buscaré un espacio en el que poner cada cosa. En orden y por categorías, para que todo tenga su valor propio.
Oasis se han colado por los altavoces, en mi habitación. Y eso ayuda a escribir cosas que nunca sacarías en una conversación.

