Se me removía algo por dentro viendo hoy en TV3 algunos recortes de reportajes que han descrito el conflicto alrededor de ETA en los últimos años. Detrás de las identidades nacionales hay algo que tiene que ver con lo más profundo de una persona.
Una de las imágenes mostraba un pueblo entero gritando “Gora ETA”, centenares de personas en la plaza de la localidad, sacando a gritos el odio hacia los policias que mataron a uno de los suyos cuando este intentaba cometer un atentado. Las banderas al aire, canciones en homenaje al muerto, encapuchados desplegando el emblema de la banda terrorista desde un balcón mientras la gente levantaba violentamente los puños con el sentimiento de unidad que da el odio compartido.
Otras imágenes mostraban las miradas manchadas de los que recuerdan que la ideología de su padre o marido le llevó a morir de forma violenta. Con palabras secas exigen derrotar a sus enemigos. Y restaurar así el honor de familias a las que aún después de perder violentamente a un famliar se les sigue apuntando como ciudadanos indeseados.
Y ahora, el cese definitivo de la violencia etarra. Ya era hora. Unos podrán empezar a acostumbrarse a decir su opinión sin escuchar amenazas de muerte por la calle. Otros, se animarán a reivindicar más claramentre su identidad nacional ahora que ya no se les podrá acusar de apoyar a violentos con los que nunca simpatizaron.
Pero, ¿marcharán de un momento a otro los sentimientos profundos que han marcado la vida de miles de personas en un bando y en el otro? ¿Cuando uno ha puesto todos sus sueños, capacidades y fuerza en una lucha (la armada, en el caso de ETA), cómo reconoce que se había equivocado? ¿Y cómo puede alguien que ha visto la muerte de una familiar por razones ideológicas dialogar abiertamente sobre la idoneidad o no de sus ideas?
Como explica X. Manuel Suárez, para empezar a caminar parecen necesarias, por lo menos, dos claves. En primer lugar, reconocer que el conflicto es un asunto profundamente relacionado con la ética, no sólo una simple divergencia de opiniones. Hay que reconocer y arrepentirse del mal hecho. Y en segundo lugar, es necesario entender que ninguna idea puede ser excluída del debate social. Si se deja fuera de la conversación a una parte de la comunidad, se corre el riesgo de que los que se sienten ninguneados decidan hacer la guerra por su cuenta.
Reflexión ética y acercamiento a través del diálogo. Ambas cosas pueden ser poco apetecibles e incluso humillantes para las partes implicadas. Pero precisamente esa vulnerabilidad podría ser la llave para empezar a salir de las trincheras.











